Descripción
Los conventos femeninos surgieron en Hispanoamérica entre los siglos XVI y XVIII para proteger a las hijas de los conquistadores de una mezcla indeseada con negros, indios, mulatos o mestizos y para ofrecerles una educación, de acuerdo con las pautas impuesta por el Concilio de Trento, a partir del cual se disolviero los monasterios dobles, heredados de la Edad Media, y se crearon estos «institutos de perfección», en los que se institucionalizó el perfeccionamiento individual por medio de la virtud y la mortificación del cuerpo.
Tanto al iniciar como al terminar el camino de la salvación, el convento realizaba una ceremonia de coronación; las religiosas mexicanas eran coronadas al renunciar al mundo, en tanto que las neogranadinas eran coronadas a la hora de su muerte.
Los retratos al óleo surgieron a raíz del deseo de las comunidades de preservar los rasgos de una religiosa virtuosa que acababa de fallecer o por la voluntad de una familia de conservar en un lienzo la imagen esplendorosa de una hija que había tomado los votos. Su importancia radica en que estas obras se encuentran en un camino intermedio entre la producción religiosa y la celebración barroca.
«La exhuberancia de los atuendos de estas religiosas y las características de las ceremonias de coronación estuvieron ligadas a un tiempo y un espacio claramente definidos, en donde las emociones se exaltaban por medio de colores, formas y símbolos (…) ornato y artificio que, por cierto, no se contraponían con una visión trascendente y profunda de la existencia».







