Descripción
El ícono más común es aquel en el que la Virgen aparece con su hijo en brazos. Su misión en el mundo se realizó en su hijo, para que nadie viera en ella a la mujer, sino “por siempre y para siempre” a la madre.
Hablando del color de las vestimentas. Como norma, el atuendo de la Madre del Señor se pinta de tres colores principales: dorado, rojo y azul. La vestimenta interior es azul y la que la cubre, ambas son unidas, entrelazadas y adornadas con detalles dorados. El color dorado simboliza la inmortalidad, el rojo la gloria y el señorío, y el azul, el cielo. Todo esto significa que la Virgen está vestida con la gloria inmortal; ella, sufriente alguna vez y sierva de Dios en este mundo.
El rostro de la Santa Madre de Dios, en los íconos ortodoxos, jamás es representado rollizo y redondo, sino largo y delgado. Los ojos, grandes y reflexivos. Hay en ella un gesto de serena tristeza, pero también parece que estuviera lista para esbozar una sonrisa de consuelo. Se trata de una tristeza por la infelicidad del mundo y una sonrisa de esperanza en nuestro Buen Dios; sin embargo, tanto esa tristeza como la inminente sonrisa son contenidas, como todo lo demás: en ella todo está sometido al espíritu. Es el rostro de una vencedora que ha vivido todas las amarguras del dolor y la tristeza, y por eso puede ayudar a quienes hoy luchan con el dolor y la congoja.






